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“ TRES REFLEXIONES SOBRE LA EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS ”
Miguel Aparici Navarro
Cronista Oficial de Cortes de Pallás
El domingo 19 de julio de 2.009 ví hecha realidad la idea que le propuse al alcalde de Cortes de Pallás, Alberto Sáez, de realizar una Recreación Histórica de la rebelión de los moriscos en la plaza del pueblo.
A las 12 del mediodía y con la participación de cincuenta figurantes (hombres, mujeres y niños), miembros de la Asociación Napoleónica Valenciana, se representó con uniformes, vestuario y armas de pólvora de la época la lectura del edicto de expulsión, la rebelión morisca y la proclamación de su rey Turigi, el enfrentamiento con los soldados de los Tercios y el embarque de los moriscos hacia Berbería.
Todo ello gracias a la colaboración altruista del responsable de la Asociación Joaquín Blasco, del catedrático de la Politécnica Miguel Jover, del gestor y coordinador Gersón Beltrán, del apoyo de la Concejalía regida por Adela Albert y del patrocinio generoso del propio Ayuntamiento.
Ello culmina otros pasos en esta celebración del IV Centenario (1609-2009) como la colaboración con el escritor inglés Matthew Carr para su libro “Blood and Faith. The purging of Muslim Spain”, con el equipo que rodó el documental “Expulsados, 1609. La tragedia morisca” dirigido por el catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona José María Perceval o con la Real Academia de Cultura Valenciana en su XXX curso de Historia en Gandía “Los moriscos, 400 años después”.
Pero visto lo visto, en especial cada rincón del escenario de La Muela de Cortes donde tuvieron lugar los hechos , y leído lo leído me han quedado como poso tres pensamientos que no consigo apartar de mi mente y que expongo a continuación en forma de reflexiones.
¿Tenían los moriscos ganas de marcharse?.
Me sorprende la pasividad con que los moriscos del Valle de Ayora-Cofrentes iniciaron la marcha, por el Valle del Vinalopó hacia Alicante, para embarcarse rumbo a su incierto destino en el norte de África.
Pese a que el bando emitido fue brutal y con penas de muerte instantáneas para los que lo contravinieran, se detecta un conformismo decantado (a excepción de unos muy pocos miles en La Muela de Cortes y el valle de Laguar) en éstas mucho más de cien mil personas moriscas; lo que suponía entonces un práctico tercio de la población. Embarcando la mayoría de ellas inmediatamente y viéndolo de tan fácil resolución el propio Capitán General, el Marqués de Caracena, que informa al rey de parte de su cumplimiento antes de que éste se hubiera ni siquiera iniciado. Es más, obtendrá de muchos de ellos que se paguen su propio embarque.
Relegados -en general- a las partes más pobres de las tierras valencianas como estaban y bajo señoríos nobiliarios (“mano de obra sumisa y barata”), pagadores de más altos impuestos y tratados como ciudadanos “de tercera” aún tenían que soportar el asedio hacia sus vidas; ya que un musulmán vive como cree, confundiéndose sus creencias con su vida cotidiana.
Apoyadores de sus señores en la previa Guerra de las Germanías, estos los dejaron a su suerte en cuanto el rey les prometió que se quedarían con las pertenencias de aquellos; mientras vislumbraban la posibilidad de emisión de nuevas Cartas Pueblas de repoblación, que les debían reportar mayores beneficios.
Me pregunto, pues, si habría habido rebelión en la Muela de Cortes de Pallás de no haber mediado las dos siguientes circunstancias: la avaricia y atropello con que el comisario llegado a Cofrentes acumuló propiedades no autorizadas a ser autotransportadas por los moriscos (ganados, caballerías y otros objetos) y la actitud del bandolero morisco Pablillo Ubecar, de Teresa de Cofrentes, que salió al paso de los suyos y tras matar sanguinaria y públicamente a varios de ello les conminó a la rebelión y la subida a La Muela.
¿Tuvo caridad cristiana Juan de Ribera?.
Me sorprende la biografía del Patriarca Juan de Ribera (hecho santo por Juan XXIII, en 1960). Se divulga que quedó huérfano de madre siendo muy niño y que su padre era un ilustre noble sevillano, Pedro Afán Enríquez de Ribera; duque de Alcalá y Marqués de Tarifa, luego Capitán General de Cataluña y Virrey de Nápoles y, además, amigo del Papa Pío IV.
Pero en contadas oc asiones se localiza que fue el fruto de amoríos extramatrimoniales, con Teresa de los Pinelos, y, por tanto, bastardo de su noble padre; el cual estaba casado con una beatísima mujer. Siendo, como era lógico, enviado a estudios eclesiásticos (previa dispensa papal, debido a su origen ilegítimo); nutriéndose de las afamadas enseñanzas de la Universidad de Salamanca, entonces en plena Contrarreforma.
Obispo de Badajoz, a propuesta de Felipe II, luego fue Arzobispo de Valencia; donde el rey Felipe III (al que había casado en la misma Catedral valentina, siendo aún príncipe…) le dio funciones, también, de Capitán General y Virrey (1602-1604); en las que destacó persiguiendo el bandolerismo y el desorden.
Fue continuo promotor de la solución del “problema” morisco ante el propio rey, “conformándose” con pedir su expulsión por parecerle “excesivo” su aniquilamiento.
Baste contemplar detenidamente la gran grisalla mural del Aula Capitular de la Seo valenciana, donde aparece representado mostrando el Santísimo a unos caídos moriscos; en una actitud que no impide imaginar el “vade retro…”.
Por todo ello, pienso que sigue faltando una pieza del puzzle morisco: el estudio de la personalidad psicológica de Juan de Ribera; con la posibles influencias en su carácter de dos circunstancias: su quizás traumatizante “segundón” e ilícito nacimiento y, además, pronta orfandad materna y el previsible poder de su ascendencia espiritual sobre las decisiones del rey Felipe III, al que había casado personalmente.
¿Fue cínica la actuación de las autoridades?.
Me sorprende la saña con que se actuó contra las humildes gentes moriscas. Pues, con premeditación, se hizo traer sigilosamente -durante los meses previos- barcos de otros puertos lejanos hacia el Levante y se dio orden de emprender la marcha hacia España a soldados profesionales del Tercio de Lombardía; de tal modo, que consta lo alterados que estaban ciertos hombres nobles de armas de la capital valenciana por no tener datos suficientes y a los que el propio Capitán General tuvo que tranquilizar.
Durante el asedio a La Muela, constan también los atropellos sangrientos y sexuales que realizó la soldadesca al pasar por el hoy rincón despoblado de Ruaya (entonces poblado moro con castillo de tapial) en su camino de avance desde Bicorp hasta Cortes de Pallás y la no gratuita representación en el cuadro propiedad de Bancaja del autoarrojo de mujeres -con sus criaturas en brazos- al precipicio abismal; en una especie de segunda inmolación saguntina.
El caudillo Turigi -moro de Catadau- que había sido proclamado por los moriscos en la plaza de Cortes, delatado por familiares propios apresados, fue cogido y trasladado a Valencia; donde sufrió un ajusticiamiento público inquisitorial: con tormentos, tenaza y corte de mano, horca y descuartizamiento.
Todo ello después de que, ya empezada la resistencia en las intrincadas montañas de Cortes, los defensores aún llegaran a tiempo de enviar al Virrey cartas arrepentidas de petición de clemencia y perdón; solicitudes que no fueron aceptadas.
Cuando tras los pocos meses que duró el episodio de La Muela, la “resistencia” quedó reducida a grupos de pocas y pequeñas partidas escondidas y errantes, tampoco se tuvo reparo en recurrir a delincuentes para su busca y captura; como la contratación del grupo de maleantes encabezado por Hieroni Lloret, natural de Pobla Llarga. Llegándose a ofrecer 60 libras por morisco vivo y la mitad si estaba muerto.
Los actos residuales -como si de maquis se tratara- continuaron durante algo más de dos años, teniendo su final resolución cerca de Cofrentes; donde el mediador real Simeón Zapata se encontraría con el famoso bandido morisco Pablillo Ubecar.
A este individuo, con su pequeño grupo de gente, se le hicieron todo tipo de ofrecimientos: como la posibilidad de ir a Argel, ver la seguridad del viaje y volver a por el resto. Pero lo que realmente me sorprende (imagino que los cristianos, a principios de 1612, ya hacía tiempo que habían olvidado el tema morisco…) es que fueran aclamados por todos y despedidos con honores de héroes por el Virrey: “el mérito de estas personas que por el amor a su tierra…”, que dio a cada uno de ellos “en plata doble cien reales”. |